El Índice de Competitividad Regional (INCORE) 2026, elaborado por el Instituto Peruano de Economía (IPE), deja una de las lecciones más importantes para el debate sobre el desarrollo del país: el crecimiento económico por sí solo ya no basta. La verdadera diferencia entre las regiones que avanzan y las que se estancan radica en su capacidad para convertir sus ventajas productivas en infraestructura moderna, servicios públicos eficientes y una mejor calidad de vida. Esa es la gran deuda pendiente del Perú.

Arequipa vuelve a ubicarse en el tercer lugar nacional, detrás de Lima Metropolitana y Callao, y Moquegua, posición que mantiene por séptimo año consecutivo. El resultado confirma la fortaleza de una economía regional sustentada en la minería, la industria, el comercio y la agroexportación. Sin embargo, el informe también revela señales preocupantes: retrocesos en los pilares de Infraestructura, Salud y Mercado Laboral, precisamente aquellos que determinan la competitividad de largo plazo.

La advertencia del presidente del IPE Arequipa, Manuel Bedregal, resulta particularmente reveladora. Comparada con ciudades latinoamericanas de similar tamaño, Arequipa presenta niveles de competitividad semejantes a Cochabamba y se encuentra por debajo de Cali, Bucaramanga o Guayaquil. Es decir, una región con enorme potencial económico continúa rezagada en aspectos esenciales para atraer inversiones y elevar el bienestar de su población.

La explicación no está en la falta de recursos. Este año Arequipa recibirá S/ 1.172 millones por canon minero, mientras mantiene alrededor de S/ 7.000 millones en obras paralizadas. Esa contradicción resume uno de los principales problemas del proceso de descentralización peruana: abundan los recursos, pero escasea la capacidad de gestión. La ejecución tardía de inversiones, la ausencia de planificación técnica, la alta rotación de funcionarios y la debilidad institucional siguen limitando el impacto de los presupuestos públicos.

El contexto nacional refuerza esta preocupación. El Perú posee una posición estratégica en la producción de cobre y otros minerales críticos para la transición energética mundial. La creciente demanda internacional representa una oportunidad excepcional para atraer inversiones, generar empleo y fortalecer las finanzas públicas. Sin embargo, los retrasos en proyectos de gran escala, la conflictividad social, la incertidumbre política y la excesiva burocracia reducen la competitividad del país frente a otros destinos mineros como Chile, Canadá o Australia, donde la estabilidad institucional y la eficiencia administrativa constituyen ventajas decisivas.

El riesgo es evidente. Si las regiones continúan desaprovechando los recursos provenientes del canon y las inversiones privadas siguen enfrentando obstáculos innecesarios, el Perú perderá una oportunidad histórica en un momento en que el mundo demanda precisamente los minerales que produce.

Pero también existe una enorme oportunidad. Arequipa reúne condiciones excepcionales para convertirse en el principal polo de desarrollo del sur peruano: liderazgo minero, infraestructura industrial, universidades, capital humano y una ubicación estratégica para el comercio exterior. Lo que necesita no son mayores ingresos, sino mejores decisiones públicas.

El INCORE 2026 no debe interpretarse únicamente como un ranking, sino como una hoja de ruta. A pocos meses de un nuevo proceso electoral regional y municipal, el desafío trasciende los discursos y exige autoridades capaces de gestionar con criterios técnicos, transparencia y visión de largo plazo.

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