Manuel Gago

Generar una imagen-dibujo a lápiz para adecuar al texto y de estilo editorial: Todo indica que Luis Carranza será el primer ministro de Economía del quinquenio de Keiko Fujimori. Durante el debate técnico presidencial mostró sus inigualables capacidades. No obstante, el entusiasmo poselectoral, el economista Carlos Adrianzén, decano de la facultad de economía de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), advierte sobre la fantasía de ser un país rico con una economía boyante. “El mediocre crecimiento nacional no es suficiente para reducir la pobreza. El crecimiento tendría que ser 7% para alcanzar la meta”, señala el también columnista del portal El Montonero. Existe, entonces –según Adrianzén– un optimismo injustificado que conduce a crear expectativas falsas en la población. Las cifras exportadoras no son suficientes, hace falta mayor inversión privada y recaudación tributaria.

Después de los noventas, por las políticas mercantilistas y socialistas, reapareció el deterioro económico: empresas públicas ineficientes –Petroperú– y, entre otras, el desorden fiscal. Persiste el ingreso medio, sinónimo de conformismo. Un 3% de crecimiento de la producción no servirá para transformar el país. Es necesario volver a arriesgar y perder el temor de convertirnos en el Singapur de Latinoamérica.

Después de Alberto Fujimori la izquierda desmontó todo lo avanzado. Por atacar y perseguir al expresidente se destruyó el desarrollo iniciado. La regionalización fue un fracaso, hizo del país tierra de caciques empoderados. En el interior hasta adulan a las autoridades mediocres y corruptas. Por ellas, los presupuestos son dilapidados y no hay obras productivas necesarias para resolver la vida de la población. Se calcula unos S/80,000 millones de las arcas nacionales perdidos cada año, monto que serviría para más conectividad vial, colegios, hospitales, agua potable y mucho más. El dinero es malgastado en órdenes de servicios (consultorías, asesorías, eventos intrascendentes,…), planillas y obras inútiles. Todo esto tendrá que ser modificado si se aspira a un Estado al servicio de todos.  

Sí, existe cierta similitud entre los sucesos de antes de los noventas y los de hoy. Antes, una “guerra popular” materializada en terrorismo mató, destruyó y ocasionó la huida del país de miles de jóvenes. Hoy existen organizaciones criminales parcelando el país. Si antes las víctimas del terrorismo eran líderes populares, militares, policías y todo aquel que representaba al Estado y al sistema democrático, hoy la víctima es cualquier emprendedor pequeño o grande obligado a pagar cupos para evitar ser asesinado. Si antes la hiperinflación destruía la economía de todos, hoy es destruida por normas que todo lo detiene y también por los ataques constantes contra la minería formal, agroexportaciones, industria alimentaria y todo aquello que represente inversiones y puestos de trabajo necesarios para reducir la pobreza.

En este contexto adverso, la presidencia de Keiko no será tarea fácil. Sin embargo, obligada a igualar a superar a su padre, Alberto, ofreciendo prontamente resultados. Los mejores técnicos y políticos avizorados serán parte de los grandes retos. Se espera también un desarrollo político para, por un lado, convencer a la población de estar en el camino correcto y, por el otro lado, desenmascarar a quienes detuvieron el avance nacional. Estos, como aves de rapiña, acapararon para ellos mismos el poder y, por consiguiente, los presupuestos siendo cortesanos de los gobiernos anteriores.

Vale señalar la imperiosa necesidad de un próximo ministro de Minas con suficiente claridad respecto al complejo problema de la minería ilegal. No más experimentos ofreciendo ventajas a los criminales perfectamente organizados y amparados en normas mal diseñadas ni respetadas. 

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