La transición energética suele tener como sinónimos las renovables, la electrificación y la reducción de emisiones. Sin embargo, detrás de paneles solares, baterías, redes eléctricas y coches eléctricos hay una realidad menos visible: todas esas tecnologías necesitan minerales.
La Agencia Internacional de la Energía vaticina que la demanda de minerales críticos seguirá creciendo con fuerza hasta 2040. El cobre tendrá uno de los mayores incrementos en volumen y, por otro lado, litio, grafito, níquel y tierras raras seguirán siendo partes centrales de la electrificación.
Y ahí aparece la paradoja.
Si queremos reducir la dependencia del petróleo, entonces tenemos que conseguir más minería. Pero producir más no puede significar reproducir los mismos modelos de extracción, de consumo de agua, de emisiones o de presión territorial.
Deloitte advierte que la transición hacia una economía baja en carbono requerirá inversiones muy significativas en exploración, producción y procesamiento de minerales, precisamente porque la demanda de minerales seguirá aumentando.
El reto, por tanto, no es optar entre minería y transición energética, sino transformar la manera en que producimos los minerales que esa transición necesita. Eso significa producir de manera diferente: más eficiencia minera, electrificación de las operaciones, uso responsable del agua, recuperación y reciclaje de minerales, trazabilidad, innovación tecnológica y una mejor relación con los territorios donde se desarrollan los proyectos.
La descarbonización necesita minerales. Pero también necesita que esos minerales se produzcan con estándares ambientales, sociales y operativos cada vez más exigentes.
Tal vez esa sea la verdadera discusión: no si necesitaremos más minería, sino cómo producir los minerales que la transición energética necesita sin contradecir sus propios objetivos.
