
La paralización de los proyectos mineros Zafranal y Tía María en Arequipa no solo representa un freno a la inversión, sino una señal alarmante sobre el deterioro del clima de confianza en el país. Ambos proyectos, que ya venían generando empleo temporal y dinamizando economías locales, han entrado en una “pausa” que hoy despierta preocupación y obliga a mirar más allá de lo inmediato.
Zafranal, con una inversión estimada en US$ 1,900 millones, estaba llamado a convertirse en uno de los motores del crecimiento regional. Sin embargo, su postergación —ahora en fase de “preservación de activos”— amenaza con restarle a Arequipa al menos seis puntos porcentuales de crecimiento entre 2026 y 2029, según advierte el Instituto Peruano de Economía. La cifra no es menor: implica menos empleo, menor actividad productiva y una desaceleración en cadena de sectores como construcción, transporte y servicios.
El impacto no es únicamente económico, pero sí profundamente estructural. La región tenía el potencial de incrementar hasta en 20% su producción de cobre con Zafranal y alcanzar un crecimiento minero acumulado de hasta 64% hacia el final de la década. Hoy, ese escenario se diluye, mientras miles de trabajadores y proveedores ven truncadas oportunidades concretas.
En paralelo, Tía María —otro proyecto emblemático— también queda atrapado en esta inercia de incertidumbre. Ambos casos reflejan cómo decisiones empresariales, conflictos sociales y, sobre todo, la inestabilidad política terminan confluyendo en un mismo resultado: la paralización.
Aquí emerge el punto más crítico. La turbulencia política, agravada por un proceso electoral cuestionado y deficientemente conducido por la ONPE, ha debilitado la institucionalidad. La percepción de ineficiencia y desconfianza en los resultados contamina el entorno y genera un efecto inmediato: el capital se retrae.
La minería, principal generadora de divisas del país, no puede operar en un contexto de incertidumbre permanente. Arequipa, donde más de 46 mil empleos dependen de esta actividad, enfrenta el riesgo de ver ralentizado su desarrollo si esta pausa se prolonga.
Es de esperar que esta situación sea pasajera. Sin embargo, la advertencia es clara: si no se restablece la confianza, otras inversiones incipientes podrían seguir el mismo camino. El país no solo pierde proyectos; pierde tiempo, competitividad y oportunidades. Y ese es un costo que el Perú ya no debería permitirse.
