Eithel Manrique, de la UCSP, advirtió que la oportunidad minera solo será sostenible si el crecimiento económico avanza junto con educación, reducción de pobreza y cierre de brechas sociales

El Perú tiene ante sí una oportunidad minera de alcance estratégico, pero aprovecharla exigirá mucho más que elevar la producción de cobre. El país deberá convertir su posición minera en mejores condiciones de vida, fortalecer la educación, reducir la pobreza, enfrentar brechas sociales como la anemia y construir una gobernanza capaz de acelerar inversiones responsables. Ese fue el eje planteado por Eithel Manrique Linares, director de Servicio y Proyección a la Sociedad de la Universidad Católica San Pablo (UCSP), durante la Conferencia Magistral “Educación, Sostenibilidad y Minería”, realizada en el marco de los 30 años del Centro de Desarrollo de la Educación.    

Manrique puso la discusión en perspectiva. Durante los últimos 35 años, la estructura productiva peruana ha experimentado cambios limitados y la minería ha mantenido una contribución sostenida a la economía. Su impacto, sostuvo, trasciende su participación directa en el PBI: alrededor de una operación aparecen empleo, inversión, proveedores, servicios y nuevas actividades productivas.   

El crecimiento económico también resulta visible en el largo plazo. Según los indicadores presentados por el expositor, el PBI real y el PBI per cápita muestran una evolución favorable respecto de 1990, aunque persisten interrogantes sobre distribución del ingreso y acceso efectivo a servicios.

La pobreza monetaria resume parte de esa transformación. Manrique señaló que pasó de 37,6% de la población en 2001 a 25,4% en 2024, pese al fuerte retroceso provocado por la pandemia. Sin embargo, advirtió que medir únicamente ingresos resulta insuficiente. El análisis debe incorporar dimensiones como agua, saneamiento, salud y educación, factores que determinan la calidad de vida en los territorios.    

EL COBRE PONE AL PERÚ ANTE UNA DECISIÓN

La siguiente década podría ampliar considerablemente esa oportunidad. Manrique presentó proyecciones según las cuales la demanda mundial de cobre alcanzaría alrededor de 42 millones de toneladas métricas hacia 2040, mientras la oferta asociada a las operaciones actuales superaría apenas los 32 millones. La brecha bordearía así los 10 millones de toneladas.

“¿Cómo juega Perú este juego?”, planteó. La pregunta adquiere relevancia porque el país no es un actor menor en el mercado internacional del cobre. Para responder a la futura demanda, sostuvo, necesita sistemas de gobernanza que permitan desarrollar proyectos mineros de manera más rápida y ágil.    

La transición energética explicaría aproximadamente el 50% del crecimiento proyectado del consumo de cobre. Los usos tradicionales representarían 36%; los centros de datos y la inteligencia artificial, 10%; y defensa, 4%. China y Asia-Pacífico concentrarían una parte significativa de la nueva demanda, reflejando además el desplazamiento del poder económico mundial hacia esa región.

Para Perú, disponer del mineral en el subsuelo no garantiza capturar esa oportunidad. El reto consiste en convertir recursos geológicos en proyectos, inversión y producción precisamente durante el periodo en que el mercado los demande.

MINERÍA SIN DESARROLLO NO RESUELVE LAS BRECHAS

Manrique introdujo entonces la interrogante más incómoda: si Perú creció, la pobreza monetaria disminuyó y la minería participó de manera importante en ese proceso, ¿por qué todavía existen realidades territoriales que parecen contradecir esos avances?

Allí convergen minería, educación y sostenibilidad. El crecimiento agregado puede coexistir con carencias que afectan las posibilidades de desarrollo de las personas. Problemas como la anemia —señalada entre las preocupaciones sociales de su intervención—, las deficiencias educativas y las dificultades para acceder a servicios esenciales obligan a mirar más allá de los indicadores macroeconómicos.    

La educación, desde esa perspectiva, entrega capacidades para comprender la realidad, examinarla con libertad y superar falsas contradicciones; mientras la sostenibilidad proporciona un criterio para integrar economía, sociedad y ambiente colocando a la persona en el centro.    

La oportunidad del cobre, por tanto, no debería medirse únicamente en toneladas adicionales. El verdadero desafío será demostrar que una minería más dinámica puede contribuir simultáneamente a disminuir la pobreza, cerrar brechas, fortalecer capacidades y generar desarrollo sostenible. Allí se jugará, finalmente, la calidad de la participación peruana en el nuevo ciclo mundial de los minerales.

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