¡Cómo duele, carajo! Duele porque no es sorpresa. Duele porque lo vivimos antes. Duele porque lo advertimos. El 8 de febrero de 1989, una lluvia de 110 litros por metro cuadrado convirtió al río Chili en un arma mortal. La obra inconclusa del Puente Bajo Grau taponeó el cauce, las aguas se desbordaron sobre la avenida La Marina y la devastación arrasó barrios enteros. Las imágenes fueron dantescas. Se buscaron responsables, se prometieron correctivos, se tomaron fotografías. Y luego, el silencio.

Han pasado décadas y la historia se repite cada año en Arequipa, esa Ciudad Blanca que también podría llamarse ciudad de quebradas y torrenteras. La geografía nunca ocultó su verdad: estamos asentados sobre cauces antiguos, rutas naturales de agua, lodo y piedra. Sin embargo, insistimos en desafiarla. Modificamos el territorio, ocupamos zonas de alto riesgo, ignoramos advertencias técnicas y archivamos planes reguladores que deberían ser brújula y no adorno.

La reciente tragedia en la quebrada de Chullo, entre Cayma y Yanahuara, no es un hecho aislado. Es la consecuencia de una suma de negligencias. Esta vez no solo golpeó a las zonas marginales que suelen aparecer en los noticieros; alcanzó también a urbanizaciones exclusivas que creían estar a salvo. La naturaleza no distingue estratos sociales. Arrasa con todo cuando encuentra el cauce bloqueado y la prevención ausente.

Lo más doloroso es que los diagnósticos existen. El Instituto Geológico, Minero y Metalúrgico (Ingemmet) ha elaborado más de medio centenar de informes sobre los riesgos de las torrenteras en la ciudad. La Autoridad Nacional del Agua ha advertido reiteradamente sobre nuestra vulnerabilidad. Estudios rigurosos, mapas detallados, recomendaciones claras. Documentos que duermen el sueño de los justos en anaqueles polvorientos mientras la realidad golpea puertas y arrastra viviendas.

Aquí la responsabilidad es compartida. De autoridades que improvisan y no hacen cumplir el ordenamiento urbano. De funcionarios que priorizan la coyuntura sobre la planificación. Y también de ciudadanos que no exigimos, que normalizamos la informalidad y que elegimos sin memoria.

Arequipa está en la cadena de fuego del Pacífico, es sísmica, volcánica y atravesada por torrenteras. No podemos cambiar su geografía, pero sí nuestra conducta. Urge convertir los informes en políticas públicas vinculantes, actualizar y aplicar el plan regulador, sancionar ocupaciones indebidas y educar en cultura de prevención. En abril elegiremos autoridades. Que el voto no sea otro acto de apatía. Porque si no cambiamos, la próxima tragedia ya está escrita. Y volverá a doler, pero ahora el desafío es mayor porque nos jugamos el futuro del país.

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