Las crisis son oportunidades para crecer
Por Manuel Gago
En 1990, el escritor Mario Vargas Llosa era favorito para ocupar la presidencia de la República. Eran otros tiempos. Hasta entonces, Perú no había experimentado grandes transformaciones sociales y económicas. Todo era estatismo e ideales socialistas impregnados en las mayorías. La dictadura de Juan Velasco dejó profundas huellas.
Vargas Losa lucía imbatible. Frontal defendiendo el libre mercado, la propiedad privada y las libertades individuales, políticas y económicas. Todos los vientos soplaban a su favor. Sus propuestas alinearon a los medios. El intelectual más valioso no podía merecer menos hasta que llegó la recta final de la campaña electoral.
El país vio desbordadas campañas publicitarias contratadas por los candidatos del Fredemo, el frente político conformado por Libertad –el grupo del escritor– Acción Popular y el Partido Popular Cristiano. La derecha unida contra el aprismo y el marxismo. Demasiada exhibición para nada. Un ingeniero, exrector de universidad nacional, venció a Vargas Llosa. La imagen de Alberto Fujimori conduciendo un tractor contrastaba con las imágenes de los derechistas. Me escarapela el cuerpo al pensar que siendo presidente el escritor no hubiera resuelto la profunda crisis económica y el galopante avance del terrorismo. Hoy distingo a los hacedores de los populistas y de personajes aplicados pero inútiles al momento de hacer. Después del socialismo velasquista, los gobiernos de Fernando Belaunde y Alan García no hicieron nada para desmontar el aparato socialista heredado. La inacción condujo a lo peor: a la crisis moral. Continuaron la escasez, la mala calidad de los productos y la ausencia de servicios públicos, responsabilidad del Estado.
Con Fujimori Perú experimentó transformaciones que pudieron ser más, interrumpidas por los posteriores gobiernos controlados por izquierdistas. Con Fujimori, la mesa quedó servida. El conformismo provocó la ausencia de reformas de segunda generación. Estancados en el “ingreso medio”. Si los US$60,000 millones de inversiones mineras detenidas estarían operando el crecimiento económico sería de dos dígitos y la pobreza reducida a un dígito. Con un poco más de esfuerzo el per cápita nacional sería del primer mundo. Después de Fujimori el elector se volvió voluble, permisible e indeciso. Perdió firmeza política. En este contexto, el voto equivocado de la generación de la prosperidad y de los olvidadizos nos llevaría al pasado.
Por su terca fortaleza moral, ¿Rafael López Aliaga caerá en intención de voto? ¿Dónde queda el ánimo de las mayorías contra toda corrupción? Contrariamente, Keiko Fujimori es política. Entiende que con fuego no se juega, que no se puede cambiar presidentes a la loca. ¿Alfonso López Chau subirá si cae López Aliaga y Keiko volvería a perder la elección por la piconería y el antifujimorismo de este desconcertante Perú?
El control de daños es una práctica empresarial y política. Las crisis son oportunidades para crecer, agudizan el ingenio y demuestran la naturaleza de las personas. Entonces, recoger los pasos y enmendar errores si los hubiera. El pan no puede quemarse en la puerta del horno. Por equivocaciones e inconsistencias ¿volveríamos a 1968?
Anecdótico: Vargas Llosa no entendió y perdió. Decían que Ricardo Belmont tuvo el atrevimiento de intentar corregir el último discurso de Vargas Llosa, según él, para hacerlo asequible a las masas confundidas. Belmont tiene calle. Vargas Llosa perdió la poca que tenía. Sus novelas lo convirtieron en un dios jugando con sus personajes. Fuera de la dura realidad. (Dibujo en IA en base de exposición de fotografías sobre Mario Vargas Llosa)

