Por Wilfredo Mendoza Rosado

Al escribir estas líneas, estoy racionalizando algunas acciones de la candidata de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, quien llegó el pasado jueves 27 a la ciudad de Arequipa, casi en secreto. No valen explicaciones, porque el pueblo mistiano la rechaza, y no desde ahora, sino desde cuando su padre gobernaba.

Todavía recuerdo, como si fuera ayer, el viernes 17 de octubre de 1997, en medio de la inauguración de los Juegos Bolivarianos, cuando llegó el entonces dictador Alberto Fujimori. Al momento de inaugurar el evento fue pifiado, rechazado y agredido verbalmente, por su entonces falsa actitud de todopoderoso, sostenido por la fuerza de Montesinos y las sometidas Fuerzas Armadas. No tuvo otra opción que retirarse, como el Chavo, con el rabo entre las piernas. Fui testigo de ese desaire a Fujimori, como ayer, como hoy…

Keiko sabe que Arequipa no la quiere y ha organizado un mitin privado en la Quinta Salas, en pleno centro de la ciudad. Como si hacer política fuera solo para sus seguidores. Y, encima, la señora K dice que quiere ser presidenta. Vaya, vaya, qué tal cobardía; nunca astucia, porque solo los cobardes se esconden. No voy a negar que los opositores a veces recurren solo al insulto y nada más. Es la peor forma de hacer política en nuestro país. Por eso estamos como estamos.

Y no solo con la señora K. La verdad, con Roberto Sánchez ocurre algo parecido: va solo a lugares donde lo aclaman, pero no se dan cuenta de que el Perú es múltiple y variopinto, y que debe manejar un solo discurso, claro y coherente. La verdad, aunque cueste, y no con falsas promesas a las que nos tienen acostumbrados. Por eso es que los aventureros siguen haciendo su festín, y nadie dice ni hace nada.

No solo se trata de rechazar. Es hora de buscar alternativas y no quedarnos en analizar solo a la señora K o a Sánchez. Debemos ir más allá, hacia el futuro, y buscar la forma de hacer política decente y transparente, sin las mañoserías del presente. La peor muestra de ello son los dos únicos candidatos que, lamentablemente, cualquiera que gane será el próximo presidente. Dura verdad.

Es necesario dejar de lamentarnos. Urge reeducarnos y educar con valores, para que todos quienes vivimos en este país entendamos que los problemas son de todos, no solo de los políticos. Lo peor es la indiferencia, esa que tanto daño hace. ¿De qué sirve quejarnos si al final hemos provocado este caos, esta corrupción y todo lo negativo que nos rodea? Es hora de replantearnos el futuro, para todos, no solo para unos cuantos.

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