Durante la década de los años ochenta circulaba una premisa que hoy mantiene plena vigencia: “El desarrollo de un país se logra por la cantidad de carreteras asfaltadas que posee”. Más allá de la literalidad de la frase, el mensaje era claro: ninguna nación alcanza niveles sostenidos de bienestar sin una infraestructura moderna que conecte personas, mercados, recursos y oportunidades.
El Perú ha logrado mantener tasas de crecimiento económico de entre 3% y 4% en los últimos años. Sin embargo, este avance resulta insuficiente para cerrar brechas sociales y acelerar el desarrollo de las regiones. Una de las principales limitaciones sigue siendo la falta de infraestructura vial de gran envergadura. Mientras otros países planifican corredores logísticos para las próximas décadas, aquí aún discutimos proyectos que debieron ejecutarse hace muchos años.
La experiencia demuestra que las grandes carreteras generan un efecto multiplicador. La autopista que conecta Lima con el sur chico es un ejemplo de cómo una vía moderna dinamiza el comercio, el turismo, la inversión y la integración territorial. El mismo criterio debe aplicarse en el sur peruano, donde se concentran importantes corredores mineros, agroindustriales y portuarios que constituyen una verdadera palanca para el crecimiento nacional.
Los recientes indicadores económicos de Arequipa refuerzan esta necesidad. Según el INEI, la región registró un crecimiento de 3,9% durante el primer trimestre de 2026, acumulando siete períodos consecutivos de expansión. Destacan los sectores de electricidad, construcción, comercio y servicios públicos. Sin embargo, actividades fundamentales como la agropecuaria, la minería y el transporte mostraron retrocesos que evidencian la necesidad de mejorar la competitividad regional.
En este contexto, la construcción de una vía de cuatro carriles entre Matarani y Yura deja de ser una aspiración para convertirse en una prioridad estratégica. Esta infraestructura permitiría una conexión más eficiente entre el principal puerto del sur y los centros productivos de Arequipa, reduciendo costos logísticos, fortaleciendo las exportaciones y mejorando la seguridad vial. Además, sentaría las bases para futuras conexiones que integren a todo el sur peruano.
El próximo gobierno tiene la responsabilidad de comprender que el crecimiento económico no se sostiene únicamente con cifras positivas. Se requiere visión de largo plazo y decisiones audaces. Carreteras, ferrocarriles y corredores logísticos deben ocupar un lugar central en la agenda nacional.
Los países desarrollados no llegaron a serlo por casualidad. Invirtieron en infraestructura moderna para impulsar su productividad y conectar sus territorios. El Perú posee recursos naturales, capacidad empresarial y una ubicación privilegiada. Lo que falta es acelerar la ejecución de proyectos transformadores. Ha llegado la hora de dejar de debatir el desarrollo y comenzar a construirlo sobre el terreno. Las carreteras del futuro deben empezar hoy.
